lunes, 6 de mayo de 2013

María Teresa




El sonido del mar me despabila. Las olas que se hacen trizas contra las rocas salpican mis sienes y las que se arrastran para tomar impulso y contraatacar, socavan la arena que me sostiene, dejando surcos que prolongan su retirada. Las tempranas gaviotas chillando y el susurro del viento completan la tarea de despegarme del abrazo materno de las sábanas, refugio anidado, pacífico abandono en la almohada cómplice de mis sueños. En el proceso de revisión de la realidad circundante los sentidos me alertan que algo no anda bien; no encuentran el mar. Desperezándome hacia la alerta caigo en la cuenta del ardid y estiro la mano para castigar al responsable. Reparo que son las cinco de la mañana, que estoy a cientos de quilómetros del océano más cercano y que todo fue un engaño del socarrón despertador que, carente de sentimientos, disfruta su taimada burla electrónica de las costas marinas. 

Casi con rabia oprimo el botón interruptor. 

Otro día de la interminable serie que completará primero el mes, luego el año, sin alterar la tediosa rutina. Si sonó a queja, perdón, son reflejos de mi antigua vestidura inconsolable; heredada y practicada por mucho tiempo. 

La verdad es que si antes maldecía mi suerte, ya no lo hago. Si antes no soportaba el rostro amargado que me devolvía el espejo, ahora me regocijo con la sonrisa de ese extraño sujeto despeinado que se esfuerza por mostrar un optimismo ajado bajo la tenue luz de la lámpara del lavamanos. Sí, soy el yo renovado que usualmente se levanta de buen humor, pero que tiene sus luchas de cinco minutos cada mañana contra su antigua forma de ser.

Mis quejas dejaron de formar parte de mi temprano ritual, que comenzaba en la cama y culminaba en la puerta de calle, de camino al diario trajín. Sucedió precisamente luego que escuché la historia de María Teresa, algunas noches atrás.

Asistía a una reunión de amigos. Como ocurre usualmente, luego de un rato se atomizaron los grupos y las conversaciones subieron de tono junto con las risas y las bromas. El bullicio iba en aumento hasta que, al igual que esas ondas de agua que se expanden desde el agujero del guijarro en su caída, el silencio creció comenzando en el centro de uno de los círculos para escuchar atentamente a quien se encontraba en medio del mismo, otros se le unieron, y en escasos segundos todas las miradas estaban dirigidas al orador, y los oídos atentos a su voz.

Como no tenía nada que perder, a poco de escuchar me fui acercando porque los retazos de historia que me llegaban estaban relacionados con mis eternas dudas. Una voz interior, que suele atinar con sus mordaces observaciones, me advirtió que la respuesta que tanto andaba buscando se escondía detrás del timbre tranquilo de aquel que captara la atención de todos.


El experto narrador se percató del silencio, recorrió el horizonte de miradas para sacar ventaja del mágico instante, repitió con destreza su puesta en escena agregando algunos detalles nimios, que tenían el cometido de animar a los asistentes más tímidos a acercarse mientras mantenía la expectante atención de los primeros. Magistralmente incorporó matices no proporcionados al comenzar y arrancó a discurrir, en un fluir constante de imágenes, su historia. Prometía pagar con creces la atención que todos le prestaban.


En su dilatado preámbulo, ambientaba su puesta en escena en el espacio temporal con la destreza de un eximio paisajista. Juglar de prosa iluminada, artista plástico con pincel de voz, daba a sus frases meticulosos trazos en la trabajada tercera dimensión de su relato, intercalando situaciones paralelas en los dos tiempos, el de la historia y el presente.

Sin confundir los momentos, se transportaba al lugar de los acontecimientos, y retornaba a la estancia donde estábamos sin menoscabo alguno del interés de los presente. Describía parajes, protagonistas, situaciones complejas, incluso desde antes del comienzo del drama.

Al acercarnos le escuchamos decir: “Vamos a tomarnos la libertad de deshacernos de las limitaciones físicas; requerirá un poco de imaginación, que no dudo que ustedes poseen”

Y continuó: -proyectémonos a un plano elevado, ahora nos vemos a nosotros mismos desde arriba, identifiquémonos en el grupo, me pueden tomar como referencia, soy el del centro- bufoneó-. Sigamos ascendiendo lentamente, la casa se empequeñece hasta ser un punto en el vecindario; sin perderla de vista ascendemos, la ciudad ahora es un conglomerado confuso de rayas y volúmenes que se reduce a medida que nos alejamos. Ahora diferenciamos con claridad el subcontinente norteamericano. Entonces rotamos como si tripuláramos un satélite, nos desplazamos meridionalmente hasta quedar justo encima de la cadena montañosa de los Andes, en América del Sur.

-¿Nadie mareado?- preguntó socarronamente, y continuó: -Bajamos lento, embelesados por la grandiosidad de lo que captamos. Dejamos atrás los picos nevados. Ahora podemos percibir nuestro alrededor. Admiremos el paisaje maravilloso de las regiones montañosas, las cumbres nevadas, la limpidez de la atmósfera, el cielo tan celeste, tan azul. 

-¿Pueden escuchar el silencio? 

Respiren hondo, llénense de la paz que cubre la impresionante cordillera. 

Ahora tocamos tierra, entramos en un enorme edificio. Estamos en la cálida protección detrás del enorme cristal de la recepción de un hotel, en la falda de la montaña, en cierto cautivante lugar en la Provincia de San Juan, República Argentina. 

Nuestra súbita aparición no sorprende a los guías turísticos, quienes tan pronto llegamos nos conducen a una fiesta regional. Nos dicen que allí podremos deleitarnos con música típica de los escarpados Andes. Con soltura nos introducen en medio de la celebración.

Caminemos entre ellos. Admiremos sus tejidos, los colores de sus vestimentas, sus rostros curtidos, sus manos nudosas. 

Pero sobre todo prestemos atención a su música. Disfrutemos.

Hizo una pausa para nuestra imaginación fluyera libremente. Y continuó:

Volvemos al hotel. Algunos comentan: “Sucedió como prometieron, no era meramente una puesta en escena para nosotros”. Se nos ha colado una agridulce melancolía en los laberintos del corazón. Los instrumentos usados en las melodías telúricas eran autóctonos, fabricados con los recursos que los lugareños tenían al alcance de sus manos. Parece que la tierra hubiera dejado la impronta de su aridez en ellos, de su irregular geografía, del desierto desnudo de vegetación, del ulular del viento, del sol cayendo a pico, y de la mismísima soledad. El “salitral” no se somete. Su porfiada rebeldía indómita cuesta un alto precio a los pocos lo habitaban, llegando a pagar a veces con sus propias vidas tal osadía. 

Las composiciones eran tristes, parecían extraídas de la lírica solemne de alguna celebración religiosa en los altares de las quebradas con el imponente barítono del viento como base homófona. Le llamaban Baguala. 

Baguala, palabra que se pierde en la historia de las naciones indias aimara y quechua; sin connotaciones claras, refleja en ella esa inmensidad, esa lentitud en el pasar del tiempo, y las vicisitudes de los habitantes de la cordillera. Llora el llanto que los ojos secos de su gente no pueden producir. Le enseña al viento el idioma de la quena, de la zampoña, y atrapa en el eco de la caja la añoranza por las cosas que están lejos, tan lejos como la alegría.

La pobreza en recursos en esos lugares es extrema. La tierra no entrega, hay que arrancárselo, horadar en sus entrañas, arañar su dureza. Las viviendas reflejan la escasez del reino vegetal, sus moradores cargan en los rostros la lucha permanente por subsistir. 

Según dicen, Dios por allí no pasó.

Pero volvamos a lo nuestro.

Nos vamos a dormir temprano porque en la mañana nos trasladaremos a una población localizada a media altura, entre el valle y las nieves eternas. Es allí adonde pretendo llevarlos. 

Es el centro del protagonismo de nuestra historia, debemos llegar a tiempo. Descansamos, despertamos y nos dirigimos al establo, que todavía está en penumbras, los vemos ensillando las mulas. Montamos. Llevamos abrigo extra y cuerdas para atarnos si es necesario. El guía es experto, el camino angosto, y el lenguaje vertical; el adelante queda hacia arriba, el atrás es hacia abajo. 

Vamos a la parte alta, donde habita el grupo humano que nos interesa conocer. Las viviendas son extremadamente precarias y sólo las ocupan en verano. Una enorme cueva abriga a todos cuando comienza el invierno. Las frías paredes de roca se tragan el calor del fuego y la pálida luz de los candiles; pero proveen una sólida protección contra el inclemente tiempo, que llega con sus tormentas de nieve, viento y temperaturas gélidas. Cualquier ser viviente que sea atrapado afuera no sobrevive. Algunos años resultan tan crudos que ciertos pequeños no lo resisten. 

El grupo humano comparte el recinto con los animales, que a su vez aportan su calor y alimento, ya sea leche o queso. Si es necesario se sacrifican para subsistir. Hasta el estiércol, una vez seco, se usa como combustible para el fuego.

Esta promiscuidad obligada, de convivencia en el único recinto, ocasiona a menudo abusos sexuales, donde las vulneradas son las mas débiles, las niñas. Apenas sus incipientes senos apuntan, ya alguna mirada lasciva se posa en ellos. Después es cuestión de tiempo y oportunidad. El alcohol y la falta de reglas morales más fuertes que la propia sobrevivencia contribuyen a que ocurran estos abusos.

Las familias son numerosas. No escatiman esfuerzos para cumplir con el mandato divino de crecer y multiplicarse. Aumentan las bocas pero no el sustento. Se necesitan manos para el trabajo. Así es que cuando los niños varones pueden sostenerse sobre sus pies y entender los rudimentos de las obligaciones comunitarias ya comienzan a ser incorporados a la diaria labor. Con las mujeres es diferente. Siendo las más numerosas, terminan regaladas a una familia de las ciudades del valle, que las lleva como criadas y las explotan, debiendo ellas cumplir con las tareas domésticas, incluida el criar a los niños de la familia, limpiar, planchar, cocinar, todo por un mísero salario, cuando existe. 

Este es el caso de nuestra protagonista. 

María Teresa fue abusada por su propio padre. Cuando se lo dijo a su madre recibió golpes, gritos y tirones del cabello; y una advertencia de no volver a mentir.

Y como los males no vienen solos, un continuo dolor de pecho, que luego se descubrió que era un padecimiento cardíaco, y la rudeza con que era tratada, la llevó a aislarse y a no querer colaborar con las tareas. Entonces decidieron deshacerse de ella enviándola a la ciudad, con la escusa de su padecimiento. Allí debió ser ingresada en el hospital periódicamente, dependiendo de la caridad pública para los gastos médicos al no contar con sustento propio, los suyos se desentendieron de ella. 

Encontraron que la cura de su dolencia requería una operación seria. Condenada a muerte por su débil corazón, era necesario un donante. Además del elevado costo de un trasplante, su fragilidad requería que fuera internada permanentemente hasta que ocurriera. Pero el hospital necesitaba las camas, en cuanto mejoraba, la obligaban a irse.

Teniendo que dormir en la calle, y mendigar para su pan diario, vio la solución a sus problemas en emplearse en la casa de una familia adinerada. Así se lo comentó a una enfermera que se percatara de su buena disposición para cualquier tarea al ayudar en el hospital cuando se sentía mejor. Ella la conectó con alguien que necesitaba una empleada “con cama”

Teniendo un lugar donde dormir, y comida, no se fijó que el salario era por debajo de que lo normal, no le importó hacer todo lo que le ordenaban aunque cada noche terminaba cayendo rendida en el exiguo colchón relleno de paja. 

Se sumaba a todo esto el abuso del dueño de casa, que cada vez que se emborrachaba terminaba en el lecho de la pobre María Teresa. Y como su cuerpo ya era un objeto de uso familiar, los hijos adolescentes se sumaron al escarnio, usándola para satisfacer sus primeras apetencias lúbricas. El ejemplo y la permisividad del padre que otra cosa podían acarrear. 

Entonces, explotada, abusada y sin dinero, sin guía, sin salida, no faltó quien le diera la idea de “ya que lo haces obligada, mejor que cobres”. Así que se mudó al prostíbulo del pueblo, donde su salud empeoró mental y físicamente. Hasta que una noche la dejaron por muerta en la puerta de la Sala de Emergencia del hospital.

El narrador hizo una pausa. Los rostros de los espectadores le urgían a continuar. Respiró hondo, bebió un poco de agua y siguió.

-La recibieron, conociendo su historial la medicaron y la ingresaron a una de las salas colectivas.

Días después, una mujer caritativa, de las que no abundan, entró a la estancia del nosocomio, como solía hacerlo dos veces por semana. Vio en la cama diecisiete un bulto recogido en posición fetal, tapado, totalmente, inmóvil. Acercó una silla y lentamente descubrió la cabeza de la muchacha. Desgreñada, con algo que apenas podía llamarse túnica cubriéndola, al borde de la inanición y sin ningún deseo de vivir, la miró desde el fondo de su miseria, con sus ojos enfermos, oscuros y profundos, y se tapó la cara con los antebrazos, en silencio. La buena samaritana no forzó a la muchacha a dejarse ver el rostro. Lentamente, se dio en arreglar su cabello, su túnica, y usando la herramienta de su dulce voz, bajito entonó una canción que hablaba de amor. Algo en la enferma sucedió, ya que aflojando los tensionados miembros, enderezó su cuerpo, apoyó su cabeza en la almohada, y sin emitir sonido, dejó que las lágrimas contaran su dolor.

-Y mientras ella se desahoga nosotros prestemos atención al camino, este angosto sendero es un constante desafío y no quiero que ninguno termine en el fondo del barranco.

Algunas reglas antes de llegar: para no distorsionar los acontecimientos entraremos callados a los lugares. Veremos pero no preguntaremos. Podremos sentarnos con ellos, aunque es casi seguro que nos van a ignorar. Aprenderemos más observando callados, y sobre todo, escuchando. Puede que no se nos vuelva a dar esta oportunidad.

Continuemos.

Después de tres días de ardua marcha, para nuestros cuerpos acostumbrados a la comodidad citadina, llegamos a una dispersa población. Los refugios usados en verano, fuera de la cueva, están siendo abandonados y los habitantes migran hacia el lugar seguro. Descendemos de nuestras cabalgaduras, es duro montar en burro, atamos los animales a un palenque, justo enfrente a lo que parecía ser un rústico edificio comunitario, de paredes de piedra y adobe. Estiramos las piernas, nos quejamos un rato y entramos al lugar. Todo es muy humilde, pero sumamente limpio, ordenado. Es evidente que una mano femenina es responsable del arreglo. 

En el hospital, donde dejamos a la mujer y la muchacha enferma, había caído la tarde. La visitante tenía entre sus manos la mano delgada, pálida, de la enferma; esta ya no lloraba. Enormes ojeras rodeaban su perdida mirada, sus negros ojos opacos, no creían en las promesas de la señora. Demasiado bueno para ser real. Un cuento de hadas, una historia infantil, parecida a les que les contaba su abuela, allá en la cueva de la montaña. 

Haciendo una pausa, el narrador apuntó: -yo cuando niño leía bellas historias, de amor, de hazañas de héroes del calibre de David, de Sansón, de Hércules, de Don Quijote, de Flash Gordon. Mi mente, hambrienta de superhombres, asimilaba todo. Aquellos eran otros paladines. Los héroes actuales son extremadamente violentos; los clásicos infantiles ya no se leen a los niños en la noche. Personajes tales como Pokemon y las Tortugas Ninja usan cualquier artimaña y armas para lograr su objetivo. Justifican los medios por el fin último de triunfar sobre el enemigo. Los videojuegos son sangrientos, el sufrimiento, la muerte, han pasado a ser algo sin trascendencia. La invasión de la violencia desmedida en el mundo de los juegos de video y las películas de alta resolución han acabado con la piedad. Se necesitan emociones cada vez más fuertes en el campo fantasioso de la mente, y como somos un todo indisoluble, nos endurecemos desde el propio cerno de nuestro ser.

-Por eso hemos cabalgado hasta aquí, para enfrentarnos con lo tangible. El dolor de nuestras asentaderas al bajarnos de las rústicas cabalgaduras, los pedruscos cediendo bajo nuestros pies, y cayendo a los abismos, nos confirman que todo es cierto. Nos ayudan a entender acontecimientos que no se dan ni en las películas, porque la realidad que les estoy mostrando supera a toda fantasía. 

Dentro de este agresivo entorno, nos percatamos de algo que seguramente habíamos olvidado: el amor es maravilloso. Aquella mujer pequeña, entrada en años, un poco excedida de peso, usó la herramienta de miles de años de antigüedad y abrió el corazón de la joven a pura fuerza de palabras. 

Poco a poco la muchacha dejó todo en manos de ese poderoso hombre que la visitante describía, depositó su carga de abusos, su alma destrozada en la desconocida dimensión de la fe de la mujer. Ella tomaba su mano y la llevaba por pacíficos senderos donde el dolor era soportable, donde la angustia se iba desvaneciendo poco a poco.

La ilusión de una vida mejor luchaba con el desencanto de una adultez prematura. La niña pensó entristecida: “No entiende que la operación es carísima”.

Nuestra buena samaritana, percibió el pesimismo. Cortó el quebranto interior, diciendo: -mi nombre es Tabita, pero todos me dicen doña Tabi, y tú: ¿cómo te llamas?

Balbuceando, la joven respondió: -Ma... María Teresa.

¿Como inyectarle esperanza a un espíritu roto; dentro de la débil carne de su cuerpo maltratado?

La pequeña figura se paró firme encima de la promesa: 

-¡Tú vas a sanar!, le dijo. 

Mientras los demás recorren el inmenso ambiente de esa cocina comedor, una pregunta se prolonga en el eco de montaña. La ignoro, la borro, pero vuelve, insistente: 

-¿Cómo es capaz el hombre de tales atrocidades?, ¿Hay esperanzas?, ¿consuelo para los afligidos, tales como María Teresa?, ¿Sucumbirá el amor ante la maldad? Este materialismo creciente, ¿no está matando al hombre mismo? ¿Quién puede mostrar la verdad? ¿Queda alguna verdad por mostrar? 

Cerca de las cocinas de hierro, alimentadas con leñas y ramas secas se mueve una muchacha de cuerpo menudo, joven y enérgica, va y viene dentro del enorme recinto al que acabamos de entrar. Me llama la atención la mesa larga, como de seis metros. Los bancos sin respaldo, de dos metros cada uno, se reparten tres a cada lado. El ancho permite que otros dos bancos, ubiquen a dos personas más en cada extremo. Práctico, humilde, acogedor. Ella se ocupa de que todo esté asépticamente limpio. Vapores se elevan al techo oscurecido por años de humo. El olor a comida en preparación llena el ambiente.

Allá en el hospital de la ciudad la compasiva Señora Tabita está sentada a un costado de un ancho corredor. Justo al fondo hay una puerta de dos hojas. “Quirófano”, reza el cartel adosado a la parte superior. Ella no quita sus ojos de la entrada. Lleva inmóvil más de ocho horas, sus manos sudadas mojan la biblia de tapas negras que sostiene. Sus oraciones han llenado el ambiente. Ocho horas. 

Recuerda el diagnóstico de la junta de doctores que examinaran a María Teresa unos días antes: “no hay esperanzas”.

La dureza de los profesionales estaba por fuera de todo sentimiento, el análisis era frío. Porcentualmente no pasaba de uno la posibilidad de éxito de aquella operación, y no malgastarían, si aparecía, un corazón donado en un caso perdido. 

Las palabras todavía le suenan como recién dichas: “un caso perdido”

Si accedieron a remplazar su corazón fue porque repentinamente no había ningún enfermo que necesitara uno; de improviso todos los anotados en la lista habían retirado su solicitud, porque según decían los informes, ya no era necesario el trasplante.

Escucha voces lejanas. Las puertas se abren y la esperanza camina hacia ella. 

No son necesarias las preguntas. El rostro del galeno adelanta la noticia.

Es el cirujano jefe el que se acerca. Le explica:

-La operación ha sido un éxito. El trasplante se realizó. El nuevo corazón late normalmente. Pero la paciente está muy débil. Ese dios suyo tiene mucho trabajo por delante en las próximas horas. 

-Gracias Doctor. Y no se preocupe, este Dios mío lo bendice a usted por su labor. Y lo que es más, ya ha dispuesto la sanación de la muchacha. 

El médico sacudió la cabeza; -si fuera tan sencillo, dijo para sus adentros- y se alejó rápidamente, temiendo que la mujer estuviera en lo cierto y tirara por tierra la precaria seguridad científica de sus conocimientos médicos. 

-Adonde iría yo-, masculló, sorprendiendo a la joven enfermera que en ese momento entraba con él al ascensor.

El olor a comida me recuerda que la cena está lista. Todos toman sus utensilios y se van acercando a la enorme cocina. Los hombres primero, las mujeres con los pequeños en brazos y luego los niños, hacen una fila delante de la mesa donde las ollas humean. Una vez servidos, se instalan en las mesas. Nosotros, discretamente asistimos a la refección, observando que no es manifiesta en ellos la común algarabía del tiempo de racionamiento. Y sorprende porque los pueblos en condiciones primigenias tenían la característica de centralizar su actividad familiar en el momento de la comida principal, que usualmente era la cena. En ese momento se compartían las novedades del día, se bebía, se bailaba. Estas personas parecen haber extraviado su alegría en los desfiladeros tortuosos de las quebradas resecas. 

Mientras ellos concluyen su cena, nosotros volvemos al hospital donde se encuentra María Teresa.

Doña Tabi se yergue y comienza a caminar hacia la sala de cuidados intensivos con determinación, en ella no hay sombra de duda que la enferma se va a recuperar. Es un hecho.

La joven ha sido trasladada a una de las habitaciones, tubos y cables salen de su cuerpo, los monitores encendidos trazan líneas regulares en sus pantallas, repitiendo el gráfico del nuevo corazón. Una botella de suero cuelga del gancho, en la cabecera de la cama. La conexión intravenosa alimenta el cuerpo de la paciente y provee la medicación necesaria. La visitante adelanta el asiento hacia la cabecera, María Teresa sigue bajo la influencia del anestésico. 

Abre su libro en un lugar marcado con una cinta roja, comienza a leer con calma, los sonidos brotan claros, la inflexión de su voz es lo bastante alta como para que se perciba claramente lo que lee, y lo suficientemente baja para no alterar la paz del ambiente: “Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo: Pasemos al otro lado”

Alguien está dando directivas en el corredor; otro enfermo es conducido en camilla a la sala de operaciones. La voz de Tabita se confunde con los sonidos circundantes. Percibimos palabras sueltas: “…se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba… y le despertaron…levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: calla, enmudece…y cesó el viento, y se hizo grande bonanza… ¿Quién es éste,…?”

Precisamente en el momento de la pregunta se escuchó un leve quejido y otra pregunta: 

-¿Mamá?

-Aquí estoy hija mía- contestó, agregando: -descansa, voy a seguir aquí, todo está bien.

La joven suspiró y volvió a cerrar los ojos. En su rostro se dibujó una leve sonrisa.

Pasaron los días.

María Teresa se recuperaba rápidamente. Doña Tabi no se apartaba de su lado. Hasta que llegó el momento de ser dada de alta. 

Ese era su gran temor. No tenía donde ir. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Volver a la calle, al prostíbulo? ¿Regresar con su gente, allá en la montaña?

La cena ha terminado.

Varias mujeres se unen en la tarea de limpiar el lugar. No se preocupan de lo que puede haber sobrado, porque como siempre, no ha quedado nada en las ollas. Las personas se han retirado a sus lugares de descanso.

Una inquietud latente nos dice que el refrigerio de la noche no aquietó los espíritus. Hay algo en el ambiente que no sabemos que es. 

El guía se acerca y le preguntamos al respecto. Nos dice que la primera tormenta del invierno no tarda. Todos están pendientes de eso. Acá no hay sirenas ni noticieros, ni meteorólogos. Las señales están en el viento, en la ausencia de pájaros, en ese nerviosismo que se trasmite como un eco por la cordillera. Llegó el invierno.

María Teresa toma un bolso minúsculo con sus pertenencias y abandona la habitación. Ya en el corredor recibe las últimas instrucciones de la enfermera de sala. Su rostro adusto, sus ojos marcadamente húmedos no han encontrado la respuesta a sus preguntas.

Camina hacia la salida. Su amiga estaba allí pero ha desaparecido. No tiene prisa por llegar a la puerta principal pero llega. Comienza a bajar los escalones, un viento frío golpea su rostro. 

¿Adónde ir?

-¡María Teresa! Es la voz de su amiga.

La sonrisa ilumina su rostro.

-¡Ven!, la llama sosteniendo la puerta abierta de un taxi.

No puede detener las lágrimas, ni quiere. Se apresura, la abraza, y sube al auto.

Doña Tabi lo hace detrás de ella y le indica la dirección al taxista, luego pasa el brazo por sus hombros y la atrae hacia sí. Teresa se acurruca, gime, sonríe, se suena la nariz. 

Alguien la ama.

Acá arriba ya oscureció, pero nadie duerme. Todos están tomando sus trastos y se dirigen a la gran cueva. Nosotros los seguimos. Al entrar notamos que cada uno conoce su lugar, no hay discrepancias, nadie trata de adueñarse del terreno de otro. Todo se hace en orden y en silencio, solo el llanto de algún niño que no entiende lo que sucede, crece dentro de la enorme bóveda oscura. Es difícil caminar de noche en este tipo de terreno, la mayoría usa bastones, otros faroles de aceite, los más afortunados tienen linternas, unas pocas. El guía nos advierte que llevemos nuestras cabalgaduras adentro y nos acomodemos lo mejor que podamos, uno cerca del otro para darnos calor. 

La inclemente nevada se aproxima. 

El taxi se detiene frente a una vivienda. La puerta de entrada es enorme, de madera labrada, de dos hojas. Bajan y Tabita extrae una llave de su bolso. Abre, le franquea la entrada a María Teresa.

-Esta es mi casa, y la tuya por el tiempo que desees quedarte, le dice.

El corredor de entrada da a un guarda patio con aljibe en el centro. Las habitaciones se disponen alrededor, todas las puertas se ubican hacia el mismo. Caminan juntas hasta cruzar el jardín. Abren la puerta de la cocina del hogar. Los techos son altos, las paredes pintadas de colores claros, y los pisos de mosaicos con formas barrocas. Todo luce limpio y ordenado. 

-Esta es la cocina, donde yo paso la mayor parte del tiempo. Ahora ven, voy a mostrarte tu dormitorio y el baño. Luego puedes asearte, y haremos una merienda. ¿Te gusta el té?

-Si, si, claro.- La felicidad no la deja pronunciar palabra. 

En silencio, no quita los ojos de la mujer que en unos pocos días le ha brindado lo que nunca tuvo, es su forma de agradecer. 

Cuando llega la noche, Doña Tabi conduce a su invitada a una salita con sillones. Allí hay un piano, y una mesa con varios libros. La convida a sentarse.

-María Teresa, ese libro, enfrente de ti es una biblia, ¿alguna vez has tenido en tus manos una? La muchacha niega con la cabeza.

Continúa: -Yo no sé en lo que tú crees, no sé lo que te han hecho, pero eso ya no importa, dejemos el pasado donde está, atrás. ¿Sabes leer?

-Casi nada.

-Conmigo vas a aprender. Cuando te vayas de esta casa, por tu voluntad, no vas a necesitar mendigar pan, tú eres hija de Dios, los hijos de Dios no mendigan, no necesitan hacerlo. ¿Me entiendes?

Teresa afirma que sí. Tabita la toma de las manos y comienza a orar. 

La muchacha no sabe lo que le sucede, pero siente mucho calor y una gran alegría. Se aferra a las manos de su anfitriona hasta que esta, suavemente, afloja la tensión y le indica que descanse, que todo está bien.

Esa noche tiene hermosos sueños, ve una casa hermosa, con aljibe en el centro, con una bella cocina y una nueva madre que se llama Tabita.

Acá arriba entran las últimas personas. La nieve ha comenzado a caer y el viento arrecia. La entrada tiene un marco de madera que sostiene a un portón de dos hojas que se cierra detrás de los rezagados. Salvo algún niño que balbucea el nombre de su mamá, todo está en silencio. Nosotros nos retiramos a dormir.

El pasado se apresura para atraparnos, lo que es necesario, ya que toda historia debe llegar a su fin.

Allá en el valle transcurrió el tiempo. Teresa completó su educación, y se puso a trabajar en un restaurante. Aprendía rápido. A poco, regenteaba la cocina. Por primera vez en su vida se valía por sí misma. Tabita le había dado una llave de la casa y ella iba y venía a su antojo. Cuando la dueña de casa no estaba, ella se encargaba de todo. Y sucedía a menudo, porque como la había ayudado a ella, siempre estaba pendiente de otras personas que necesitaran una mano.

Un día recibió noticias de su gente. Había comenzado el otoño, cuando una mañana gris alguien golpeó la puerta de calle. Era uno de los amigos con los que solía jugar de pequeña. No lo conoció. El muchacho tenía sombra de barba, y toda la apariencia de aquellos endurecidos hombres del caserío donde ella creció. Traía malas noticias. Su madre había muerto, sus hermanos y hermanas la necesitaban. Su padre vivía borracho y la familia estaba pasando mucha hambre, los vecinos trataban de ayudar pero, dijo, como ella sabía, allá arriba todo escaseaba. Él había venido a la ciudad a buscar abastecimientos para el invierno, y se volvía en una semana. Dijo que pasaría antes por allí por si ella quería viajar con ellos. 

-¿Qué ellos? Preguntó Teresa.

-Vinieron dos más conmigo, para ayudarme y para viajar juntos, las rutas son peligrosas más allá de la “posta”. Vos los conocés, jugaban con nosotros, el Néstor y el Ricardo.

-Gracias por avisarme, voy a hablar con la señora.

El mensajero partió y dejó a María Teresa sumida en un mar de confusiones. Pensó que el pasado había quedado atrás definitivamente y ahora aparecía de improviso reclamando su ayuda. Su semblante se ensombreció como hacía tiempo no sucedía. Así la encontró doña Tabi cuando regresó a su casa.

Le preguntó que le sucedía, a lo que Teresa contestó llorando, poniéndola al tanto de las noticias.

Tomando a la muchacha de la mano la llevó a la salita donde oraban al llegar la noche. 

-Hija mía- le dijo, -yo no sé porqué Dios ha dispuesto los eventos de esta forma pero dos cosas es necesario que entiendas; lo primero es que no debes preocuparte, ni tú eres la misma, ni yo permitiría que hicieras nada que pudiera dañarte. Lo segundo es que, como recibiste mi ayuda, ahora alguien está necesitando la tuya. Dios quiere usarte, debes ser dócil y confiar en Él, caminará contigo adonde quiera que vayas.

-Entonces ¿usted me manda allá sola?

-NO, yo no te envío. Te repito, Dios necesita de tu presencia en ese lugar, y de nuevo, no vas sola. Él no te abandonará. Vamos a orar.

Diciendo estos, ambas se arrodillaron y como lo hacían todas las noches, se pusieron a “hablar” con Dios.

En la cueva de la montaña había pasado la primera noche de invierno. Decían los lugareños que todavía podrían salir a recoger lo que habían dejado, muñirse de lo que pudieran conseguir de leña y excremento seco de animales, para alimentar el fuego, y trasladar a la enorme cavidad todo el forraje seco que encontraran. Era una actividad que se repetía cada estación. No es que fueran a vivir permanentemente en el refugio, pero lo más que pudieran acopiar les garantizaba que las reservas no se agotarían antes de poder abandonar el lugar, cuando el sol y los vientos de primavera derritieran las nieves y reverdecieran las quebradas. En algunos inviernos les era posible llevar los animales por unas pocas horas al día a áreas donde podían alimentarse, aunque más no fuera con raíces y hierbas secas. Las últimas temporadas no habían sido tan rigurosas como los años pasados, antes de la gran nevada que matara a la mitad de la población. También contaban conque los tres mozos que viajaron al valle volverían con lo necesario. El pedido que llevaban era grande, esperaban verlos prontos de regreso.

María teresa llenó varias canastas de harina y otras provisiones. Ambas se ocuparon de dejar todo arreglado para cuando llegara Diego. Tabita le puso varios libros para repartir y le mostró cómo se enseñaba a leer. En las mentes de ambas mujeres las prioridades eran diferentes. La joven quería ir, solucionar la situación y regresar cuanto antes. Doña Tabi se preocupaba de que tuviera todo lo necesario para enseñar lo que había aprendido. -“Todo lo aprendido”-, soliloquió, remarcando el “todo”.

Diego golpeó la puerta bien temprano. Los llevaría un vehículo de carga, tipo camioneta abierta, hasta la posta. Allá habían dejado las mulas, y tendrían que recorrer los dos quilómetros y medio hacia la cueva caminando. Usualmente requería de cinco a seis horas de marcha, pero en condiciones inclementes podía llevarles todo el día. Y el invierno se había adelantado. No podrían descansar. Era asunto de vida o muerte, y el resto de la villa esperaba las provisiones.

Una vez despedida de su benefactora, se pusieron en marcha. Subieron a la parte de atrás de la camioneta y se perdieron en la distancia. La mano de doña Tabi permaneció agitándose en el aire hasta que desaparecieron.

-Hoy tienen que volver-, fue la afirmación del jefe del poblado.

Todos esperaban a Diego y los otros dos, y lo que era más importante, las mulas cargadas. Unos pocos esperaban a una joven debilucha y maloliente que había sido prácticamente arrojada a los perros, pendiente abajo, hacía ya cuatro años. Aquellos que lloraron ese día sin entender lo que estaba sucediendo, hoy aguardaban su regreso como la postrer esperanza de vida para ellos.

Los tres jóvenes y María Teresa descendieron de la camioneta, sacaron las mulas del reducido establo de la posta y se dedicaron a repartir la carga y atarla. Los diestros muchachos dejaron todo listo en media hora. La joven cargó sus canastas y algo de ropa que llevaba, se colgó una mochila repleta sobre sus hombros, buscó una vara gruesa que pudiera servirle de bastón y adelantándose a los hombres y las mulas, emprendió la marcha. Los recuerdos eran un torbellino dentro de su mente y los sentimientos mojaban sus ojos. Pero la que bajara hacía cuatro años no era la misma que subía la cuesta, eso era evidente. Y si alguno se confundía habría de percatarse de su error de inmediato.

Llevarían media jornada de marcha cuando el cielo comenzó a oscurecerse, el típico gris con connotaciones de verde opaco y la anómala calma enrarecida por un desusado silencio, anunciaba la nieve. 

Trataron de apresurar la marcha pero no lograron avanzar más rápido. Muchos pasajes entre paredes resbalosas o al borde de empinados barrancos, requerían toda la atención. Las mulas sabían donde pisaban, y conocían el camino a casa. El instinto de los animales era el mejor guía, al menos en esta oportunidad.

El cielo se oscureció hasta no permitir ver las elevaciones circundantes y la brisa se promovió a sí misma a viento. La sentencia no se hizo esperar.

-No llegaremos a tiempo.

No acabó Diego de pronunciar el fatal pronóstico cuando los primeros copos de nieve comenzaron a llegar casi horizontales desde el sur.

Siguieron adelante.

Cada uno se encomendaba a su Dios. Uno apretaba un amuleto contra el mal tiempo, otro se persignaba. El tercer muchacho invocó a una cierta virgen famosa en la comarca.

María Teresa mostraba una calma que no estaba acorde con la situación. Su expresión tranquila no encajaba en esas circunstancias. Sus eventuales compañeros de marcha pensaban que, o se había chiflado completamente o se olvidó de lo que vivió allá en la villa cuando niña.

El viento recrudeció y la visibilidad se redujo más aún. 

Seguir era suicida, quedarse también.

Los hombres, de los que se esperaba naturalmente que lideraran, se apretaron contra los animales. Si se hubiera tomado una fotografía en ese minuto, estaría hoy circulando ganadora del “Pulitzer”; pero no había fotógrafo, ni cámara. Lo que sí sobraba era un miedo paralizante; en ellos, pero no en María Teresa que seguía adelante de la columna. Las ráfagas eran cada vez más fuertes.

Entonces se detuvo. Sin racionalizar, sin pensar que estaba haciendo, porqué o cómo, levantó sus brazos al cielo, y las palabras brotaron de su boca como aprendidas y usadas por largo tiempo, muchas veces. Su voz era firme, de mando, sin asomo de histeria o de desesperación. 

Segura, dijo:

-“Viento, para de soplar, enmudece. Nieve, para de caer, de inmediato”

Y sin esperar los resultados remprendió la marcha. Los hombres se miraron. Sin titubear la siguieron. El líder que faltaba acababa de emerger.

El viento paró, y la nieve dejó de caer. Sin salir de su asombro, los mozos continuaron andando. Por casualidad o por obediencia –no era relevante para ellos-, la tormenta había retrocedido. Personas acostumbradas a las veleidades del tiempo, siguieron la marcha sin detenerse a analizar.

Cubrieron el resto del trecho en casi tres horas. La nieve caía muy cerca de ellos, pero no sobre sus personas, el camino a su frente se mantuvo despejado hasta su llegada.

Estábamos parados en medio de las casas, enfrente del comedor al que arribáramos. El cielo se había oscurecido. Todos esperaban ansiosos ver aparecer a los enviados y los animales con su carga. La tormenta no demoraría en desatarse con toda su furia. Si no llegaban en media hora, todo estaría perdido. Solamente quedaba la esperanza de que no se hubiesen atrevido a salir y que al día siguiente aclarara y la nieve fuera soplada lejos por el viento. Pero sabían que no ocurriría, la helada cubierta blanca llegaba para quedarse, y nada mejoraba, al menos los días iniciales del invierno. Pequeños grupos se formaron, las familias se unieron, y algunos vinieron a consultar al veterano líder. Lo vimos encogerse de hombros, mientras mantenía la mirada en el camino de acceso a la reducida planicie de la aldea. La nieve comenzó a caer y el viento a soplar.

No había esperanza. 

Cuando se dirigían al refugio, amenazados por la oscuridad y el ulular del sureño vendaval, éste paró de soplar. Sin entender, vieron como la nieve ya no caía y una extraña calma se instalaba en el lugar. Volvieron sus rostros al camino y continuaron esperando.

Pasaron mas o menos dos horas y la primera cabeza asomó en la distancia, en unos segundos una silueta femenina, con una enorme mochila en sus espaldas y un bastón en su mano derecha, se recortó en el gris de los montes lejanos. Sostenía en su mano izquierda las riendas de la primera mula. No necesitaba apurar al animal, tenía más prisa en llegar que ella misma.

Detrás venían los hombres con el resto de las bestias.

Apenas llegaron al centro de la villa, unos niños se abrazaron a las piernas de la muchacha. Los hombres tomaron las riendas y condujeron las cargas adentro de la cueva. Apenas pisaba el pollino de atrás la explanada cuando el viento arreció sin aviso, y como si la nieve se hubiera contenido en el aire para luego bajar, ráfagas furiosas comenzaron a descender copiosamente. No había nada más que ver afuera. Por prudencia y curiosidad, seguimos a los aldeanos a la cueva.

Aseguraron la enorme puerta de entrada, apuntalándola con enormes palos. La tormenta parecía querer ingresar, estirar sus garras para asir, arrancar y cobrar la vida de aquellos que escaparan misteriosamente a su ira.

Estaban terminando de apuntalar el último palo al enorme portón cuando sonó el timbre de la puerta de calle.

El dueño de casa tardó unos segundos en reaccionar. Luego se dirigió presto a la entrada.

Abrió la puerta, franqueándole el paso a una elegante dama de largo cabello negro. Esta estiró su mano para saludarlo. Enseguida de cumplimentar al anfitrión se dirigió hacia el grupo.

Su delgado cuerpo se movía con singular energía. El narrador se incorporó de inmediato, ella, acercándose sin dudar, lo besó.

Él, dirigiendo su mirada a nosotros, anunció: 

-Amigas y amigos, les presento a María Teresa, mi esposa.


Autor: Roosevelt J. Altez                email: raltez@gmail.com